Besos varoniles

Besos varoniles, de los que salen de lo hondo del corazón y explotan chispeantes, suaves y alegres -en armonía luminosa de color- en toda tu piel joven de mujer, especialmente en tus labios dulces y en tus ojos cariñosos que -como sabes- son siempre el espejo de tu alma radiante.

Es una simplificación decir que sólo se realiza una acción en cada instante. La realidad es mucho más compleja, completa y armónica. A la vez -inmersos en la dinámica del tiempo- realizamos multitud de acciones:  con los dedos, la boca, las manos, los pies, el pensamiento, el gesto, la mirada,… etc. Cada postura nuestra sugiere un algo a cada quien que nos contempla y a cada uno de los que -conociéndonos- no nos ve sino que nos imagina y piensa, o no, en nosotros. La ropa que nos viste, su color, su talle y su textura sugiere sin querer mundos distintos en este o aquél que nos observa con más o menos fijación. En cada instante, creyendo realizar una única acción, nuestro cuerpo y toda nuestra persona destella, sin querer y sin saber, un sin fin de visiones circunstanciales que son germen de otro sin fin de acciones en nosotros y en los demás.

No sé si un terremoto cercano e inesperado asolará mi hogar cuidadosamente forjado día a día; desconozco si mis hijos encontrarán un camino abierto y pacífico entre la jungla de la vida futura; ignoro si cualquier día una ola tormentosa de codicia exasperada acabe provocando una siniestra pobreza en donde antes se nadaba en la abundancia; creo ser consciente de la vastedad de mi nada ignorante, y -por eso- me concentro con serena fortaleza en pelar esta naranja jugosa y navideña para darla, contemplando la escena, a los ojos chispeantes del pequeño que, más ignorante aún, pero más sabio, corretea alegre por el pasillo del hogar.

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