El Ángel del Señor en aquella noche de invierno en plenitud de luz anunció a los pastores aquella divina Buena Nueva. Y el cielo se abre para que miríadas de ángeles a coro glorifiquen en una sinfonía magistral a Jesús, María y José. La creación entera alegre y esperanzada los adora.
Con el lucero del alba, la estrella más hermosa jamás concebida -y algunas veces oculta- anuncia a los Reyes en camino el lugar exacto de Belén.
Pero ahora ángeles, pastores y reyes callan asombrados ante la inmensidad eterna del misterio. Contemplan agradecidos y no dicen de la misa la media, no dicen ni pío, ni mu, ná de ná.
El fuego en diamante incandescente del Amor divino lo incendia todo. Oculto y escondido en el alma hecha corazón en lo hondo de cada uno, actúa con espontaneidad universal abrasándolo todo en misericordia infinita.
Ahora son todas las mujeres y hombres de buena voluntad -al final todos, también los que intentan aparentar mala voluntad pero que nadie les hace ya ni caso porque les toman con razón por locos- los que anuncian a reyes, pastores y ángeles que Dios ha nacido, y les piden que aplaudan con ellos y se sumen alegres a bailar y cantar acompañándoles. Ahora les dicen que ya lo saben, que ya están al cabo de la calle, que ya están en ello, que ellos se encargan de los fuegos y artificios, y de la traca final.
Y entre tanta algarabía, entre tanto correr y correr hacia todas partes -hacia no se sabe dónde-,el Niño Dios -otra vez perdido y desconocido- se esconde aturdido entre los brazos y el pecho de María que lo arrulla con el siseo de sus palabras de amor incontables. Sólo ángeles, pastores y reyes rodean y contemplan de nuevo la escena desde el gozoso silencio creador e infinito de José.
Pronto al final, el Niño se queda dormido. Se duerme en ti y en mi.
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