Consecuencias de la existencia de fines objetivos

 FUNDAMENTOS DEL VALOR ECONÓMICO

Texto original del autor en el idioma castellano (español europeo):

  1. Consecuencias de la existencia de fines objetivos

Supuesta la existencia de esos fines objetivos, podemos razonar sobre sus consecuencias.

Si, planteada la hipótesis de trabajo de que existe para cada mo­mento y para cada lugar una ordenación perfecta del universo ente­ro, donde todas las cosas, con sus características peculiares, están dirigidas a sus fines particulares idóneos, donde todos sus fines están armonizados entre sí y donde todos los seres humanos, con sus pecu­liares características, libres e inteligentes, compuestos de cuerpo ma­terial y alma espiritual, dominadores de la naturaleza creada, se diri­gen libremente hacia su auténtico fin, resultará entonces que lo que vale cada una de las cosas creadas, o mejor, para lo que vale cada uno de esos bienes, sus distintas idoneidades, será la utilidad resul­tante de una elección y distribución perfectas y armónicas de actos de consumo y producción por parte de todos los seres humanos en orden a su auténtico fin último.

Por tanto, siendo el hombre inteligente y libre -pero a su vez criatura y, consecuentemente, con una inteligencia limitada y una libertad relativa-, podemos suponer que existen dos tipos de valo­res en las cosas: el apreciado por los hombres según sus circunstan­cias particulares de lugar, tiempo, deseos, necesidades… subjetivas, y por otra parte el valor objetivo ideal y perfecto insito en la naturaleza de las cosas y manifestado en cada momento y lugar por esa situación universal perfecta y armónica.

Podemos distinguir un valor objetivo y subjetivo según nos refira­mos a la capacidad real u objetiva de las cosas para relacionarse con los objetivos humanos auténticos, o bien a la capacidad subjetiva de relación respecto a los fines humanos subjetivamente considerados. La capacidad objetiva y la capacidad subjetiva se corresponden con la capacidad ideal y la real. Realmente el valor efectivo de las cosas en la sociedad es el subjetivo, pero existe un valor ideal, que sería aquel en que un espectador omnicompresivo, que conociese las ca­pacidades de todas las cosas y los fines e intenciones de todos los sujetos económicos en cada momento, descubriera lo que sería per­fecto y adecuado para cada cosa en cada momento. Ese valor ideal ejerce una continua atracción sobre el subjetivo real por efecto de las realizaciones auténticas futuras de esa capacidad subjetiva. El va­lor subjetivo tiene siempre un cierto componente de imaginario, que le hace distanciarse del ideal, pero que, por efecto de los resultados y de la capacidad de rectificación y reconversión humanas, el ideal atrae hacia sí al subjetivo real.

La naturaleza de las cosas tiene una forma determinada fuera de lo considerado como lógico o ilógico. La lógica es el instrumento con el que cuenta el hombre para intentar comprender dicha forma. Los individuos concretos que en cada situación específica actúan en el mercado tienen tan sólo un conocimiento más o menos imperfecto de las circunstancias correspondientes. Existe un gap entre el ideal objetivo y el subjetivo.

Los fallos de cálculo en la capacidad subjetiva con respecto a la ideal objetiva es la causante de las crisis económicas, de las deflacio­nes e inflaciones, de los crecimientos y depresiones, de los equilibrios y desequilibrios, de la riqueza y de la pobreza.

«Todo lo que podemos saber es que la última decisión acerca de lo bueno o lo malo no será hecha por un discernimiento humano individual, sino por la decadencia de los grupos que se hayan adheri­do a las creencias “equivocadas”». 18

Cuando un sujeto económico sobrevalora la capacidad de gene­rar riqueza futura de una cosa, siendo superior el valor subjetivo que el ideal u objetivo, pagará en el mercado más por ella; pero, poste­riormente, experimentará el error de su cálculo al comprobar la me­nor capacidad de generar riqueza de la cosa y tenderá a rectificar el valor subjetivo real adaptándolo- al ideal. El valor subjetivo real habrá bajado, con lo que el valor (siempre subjetivo) del patrimonio habrá descendido.

Ese valor ideal, objetivo, no es estático, ni es un valor fijo y estable, sino que va variando a su vez según las circunstancias de tiempo, siendo a su vez influido por el valor real, subjetivo, y con las decisiones y redistribuciones que éste comporta.

En nuestra isla «crusoniana» el valor subjetivo de unas hierbas es mayor que el ideal objetivo si creemos que tienen un poder medici­nal que más tarde se comprueba que no tienen. En ese momento se reducirá su valor subjetivo adaptándose al objetivo. Sucedería lo contrario si esas hierbas realmente tuviesen ese poder y, en cambio, no lo conociésemos subjetivamente. El valor subjetivo aumentaría al descubrirlo, adaptándose al ideal.

La cantidad total de valor varía con el tiempo en cuanto que el tiempo permite conocer con más exactitud las idoneidades de las cosas y rectificar las idoneidades subjetivas acercándolas a las objeti­vas. El valor total tiende a aumentar, puesto que cada generación está en condiciones de aprovechar los descubrimientos y avances anteriores y se aprovecha además de las experiencias anteriores, de las reconversiones, de las rectificaciones de errores, de las constantes aproximaciones hacia los valores ideales.

«Si los hombres no fueran más que animales de una especie supe­rior, como las abejas que viven y trabajan juntas de forma instintiva, la descripción y explicación de los fenómenos sociales en general y de los fenómenos de la producción, distribución y consumo de la riqueza en particular, constituirían una ciencia natural que no sería, a decir verdad, más que una rama de la historia natural, una simple consecuencia de la historia natural de las abejas. Pero todo esto es erróneo. El hombre es una criatura dotada de razón y libertad, capaz de iniciativa y de progreso. En materia de producción y distribución de la riqueza, como en general en todo tema de organización social, elige entre lo mejor y lo peor y tiende cada vez más a elegir lo mejor». 19

Coincido con los marginalistas en que el producto, la calidad del producto, su idoneidad, es lo que proporciona valor a los factores de producción que han contribuido a su fabricación, y que ese valor lo recibe el producto de su común apreciación en el mercado. Pero añado que esa común apreciación puede ser errada, puede parecerle al común de los humanos valer algo y sin embargo ser un espejismo, un fenómeno pasajero aunque real. El producto tiene, además de ese valor de mercado marcado por su demanda en un momento determinado, un valor objetivo ideal distinto. Este sería aquel que vendría dado por la intensidad de la demanda ideal o perfecta, que sería aquella en la que los usuarios actuaran en el mercado de forma ideal o perfecta, es decir, conociendo perfectamente las virtualidades, costes y defectos del producto y eligiéndolo para satisfacer con propiedad, en ese momento, la necesidad mejor en orden a sus auténticos fines.

A medida que el común de los hombres aumenten su conocimiento de los distintos productos y conozca mejor sus virtualidades en orden a sus auténticos fines, el valor de mercado se irá pareciendo cada vez más al valor objetivo, ideal o perfecto para ese tiempo concreto.

El grado de formación del consumidor, no sólo con respecto a las características del producto, sino especialmente con respecto a donde se halle, consumiendo qué y qué cantidades, en cada momento, sus mejores objetivos, se convierte en el factor clave para que el valor de mercado se asimile más al auténtico valor (mayor o menor) de tal o cual producto o servicio.

El consumo de bienes y servicios con los que no consiguen los hombres sus auténticos fines, aunque apreciados en el mercado en un momento determinado, tenderán a depreciarse posteriormente; serán sustituidos por otros.

Las reconversiones que produce la búsqueda de la auténtica felicidad produce reconversiones en la demanda, que a su vez da lugar a reconversiones en la oferta para atender las nuevas demandas.

Estas reconversiones y estas nuevas demandas estimulan la investigación y el descubrimiento de nuevas idoneidades en las cosas antes despreciadas o desconocidas, buscando los Standard de la naturaleza más apropiados al ser.

El estudio de la evolución de las ideas, de la evolución del pensamiento, de la visión filosófica de la vida y de la naturaleza de las distintas comunidades humanas nos dará un reflejo de la utilidad última subjetiva, y de ese estudio se pueden deducir constantes  históricas que serán indicativas de la felicidad objetiva hacia la que la utilidad subjetiva, incluso inconscientemente, se dirige.

Hay una tendencia innata en todo hombre hacia la auténtica felicidad. El hombre, con su libertad, yerra muchas veces el camino y se distancia más o menos de su meta. El diferencial entre lo objetivo y lo subjetivo puede ser mayor o menor, pero siempre hay un tirón de lo objetivo para que lo subjetivo se le aproxime. Más tarde o más temprano, los hombres, o un solo hombre, captan un aspecto concreto de esa felicidad objetiva (si se puede hablar en este sentido) y tenderán a perpetuarlo.

«Los juicios que hacemos acerca de la calidad de la vida no son meras expresiones de capricho individual, sino que tienden a un valor objetivo aun cuando éste sea aproximado». 20

El estudio e investigación científicos de los auténticos fines hu­manos y la comunicación de esos descubrimientos, para que sean conocidos por el mayor número de personas, se constituye -en últi­mo término-  en el auténtico motor y en la auténtica orientación de todo el proceso económico de producción.

Además del conocimiento, lo más objetivo posible, de las capaci­dades de los distintos bienes materiales y sus relaciones complemen­tarias, resulta vital para acercarnos al tratamiento objetivo del valor económico, la aproximación cognoscitiva a las características objeti­vas de la naturaleza humana. La ciencia económica tiene que buscar la efectiva actuación del hombre tal como éste es y opera en el mun­do. Tiene que sustituir tipos humanos abstractos, hombres económi­cos artificiales, construcciones meramente subjetivistas de hombre medio, por concepciones más acordes con la auténtica naturaleza humana y los requisitos más objetivos del hombre tal y como es, actúa y vive. Las ciencias que estudian la naturaleza humana no pue­den ser ajenas al investigador económico. Debe tratar de buscar, tanto en el ámbito de la naturaleza como en el del hombre, ese orden objetivo impreso en su ser.

Podemos afirmar con Joseph J. Spengler que el hombre habita dos esferas o mundos del ser: la real objetiva y la analítica o hipoté­tica. La esfera de lo real estaría constituida por el conjunto de he­chos, aparentemente discordantes y confusos, pero cuya armonía po­dría ser captada por un observador omniperceptivo, omnicomprensi­vo y libre de prejuicios, procedente de otro planeta. La esfera de lo hipotético está formada por las construcciones mentales edificadas con mayor o menor genialidad por el teórico de la realidad socioeco­nómica (y en general por todo hombre analítico), basándose en su percepción subjetiva del mundo real, con el fin de reflejar los ele­mentos básicos que lo integran y llegar a comprenderlo y, a ser posi­ble, controlado.

La esfera de lo hipotético, lo abstracto y lo subjetivo del ser creado por los teóricos socioeconómicos constituye una parte impor­tante de la ideología de su sociedad, ideología que es un importante elemento del equipo espiritual de esa sociedad y que, junto con el equipo material, determina el bienestar de los individuos que la inte­gran. En esta esfera subjetiva del ser cabe distinguir componentes irracionales y racionales, y entre estos últimos se encuentran los que son compatibles con la esfera real del ser y los que no lo son.

«El progreso de la teoría social y (en gran medida) de la capaci­dad del hombre para configurar su medio ambiente físico y espiritual consiste en la sustitución de construcciones mentales irracionales por construcciones racionales, y de aquellas que no son compatibles con el mundo real del ser por las que lo son». 21

A través del ejercicio, de nuestras facultades de razonamiento y de observación, tratamos de hacer progresar el conocimiento del sis­tema «objetivo» del actuar humano que, si se acepta la hipótesis de una naturaleza humana universal, se deriva de las mismas caracterís­ticas de esta naturaleza. Mediante tal indagación podemos deducir de esa naturaleza lo que es mejor para el hombre y, por lo tanto, cuáles son los fines que debe perseguir. Si el cuarzo, la naranja o el pato tienen su naturaleza específica, también es lógico que el hombre tenga la suya y, en consecuencia, pueda ser objeto de un esfuerzo racional de observación y de análisis. El análisis del valor económico conduce al estudio antropológico sobre la verdad científica del ser humano.

La afirmación de la existencia de un orden objetivo estimula a las ciencias que tratan de aproximarse a él. En lo que a nuestro tema se refiere, el valor económico no es un simple asunto de puros conve­nios circunstanciales y aleatorios, sino algo que se puede deducir, objetivamente, de la misma naturaleza de las cosas y del hombre.

La raíz de la ética  auténtica -alejada de las éticas meramente utilitaristas; que la reducen a sus aspectos sociológicos- deriva de estos hechos. Por encima de las subjetividades de las civilizaciones, los individuos y las sociedades, existiría una ética universal que defi­niría un conjunto de normas de actuación objetivas derivadas del carácter especial de su naturaleza, con independencia de todo contexto cultural. 22

«Sólo podremos respirar tranquilos cuando el hombre haya vuel­to a: encontrarse a sí mismo y haya alcanzado la firme orilla de su propia naturaleza». 23

Aunque las condiciones técnicas y de organización, junto con las instituciones sociales, tienen un peso considerable en la determina­ción del valor, un análisis de las causas finales nos lleva a que la decisión última se halla, en definitiva, en las capas más profundas de la esfera moral y espiritual de cada persona, en la ética que reflexiona acerca de los fines que nos proponemos y acerca de la adaptación de nuestros fines a los fines de otros hombres ya los fines de la natura­leza. La economía facilita los medios pana alcanzar los fines. Está mediatizada por la ética. Fines y medios son interdependientes y, por lo tanto, no podemos separar ética y economía.

«Las cuestiones éticas son ineludibles: hay que tener unos fines al juzgar las políticas, y estos fines tendrán, ciertamente un contenido ético, por oculto que pueda estar».24

Fue este convencimiento de la existencia de un orden objetivo el que como a muchos otros, estimuló a Adam Smith a construir, sub­jetivamente y con más o menos acierto, una síntesis lógicamente coherente de las relaciones económicas. Los fenómenos económicos son manifestaciones de un orden subyacente en la naturaleza, gober­nado por fuerzas naturales que el teórico debe tratar de vislumbrar y poner de manifiesto en la medida de sus posibilidades.

En Smith podemos concretar el fenómeno general especulativo que busca un sistema explicativo lo más certero posible, convencido de que existe esa perfección objetiva, mediante la utilización subjeti­va de todos los medios a su alcance y que le influían notablemente.

«El ius naturale romano, a través de Grocio y de Puffendorf, ejerció una profunda influencia en el pensamiento de Smith. El énfa­sis renacentista sobre el individuo, la filosofía naturalista de Shaftes­bury, Locke, Hume, Hutcheson, el teísmo optimista de los filósofos escoceses, el empirismo de Montesquieu, fueron todas ellas influen­cias más inmediatas y más poderosas. La ciencia, la filosofía, la tec­nología, la psicología, la historia, la observación contemporánea de los hechos iban a producir, bajo la capaz dirección de Adam Smith, una aplastante cantidad de pruebas de la existencia de un orden en la naturaleza en el que se pueden discernir benéficas intenciones hacia el género humano». 25

Esta existencia de un orden objetivo, que se manifiesta en la acción de las fuerzas de la naturaleza externa y en las propensiones innatas implantadas en la naturaleza del hombre, está desarrollada especialmente en su Teoría de los sentimientos morales. Dicha teoría, con su implícito convencimiento de un orden objetivo, fue la palanca que permitió la elaboración de La riqueza de las naciones. Su intento de aproximarse a la naturaleza de las cosas fue más o menos certero, pero es indudable que se hizo estimulado por el convencimiento racional de su existencia. Si no existiese un orden objetivo al que aproximarse, todo esfuerzo especulativo resulta baldío de antemano.

Como los fines objetivos son inalcanzables, inaprensibles, pare­ce que resulta inútil sustentar toda la lógica del proceso productivo sobre ese pilar idealista. Pero no resulta inútil desde el momento en que los fines subjetivos tienden hacia los objetivos y aquellos subjeti­vos -los efectivamente presentes en el pensamiento de cada ser hu­mano- sí son más fáciles de estudiar, contrastar, analizar e investi­gar, a través de sus manifestaciones, y especialmente a través de sus concreciones en actos y hábitos de consumo y producción.

«Creo que es factible e incluso un problema científico ortodoxo descubrir un conjunto de preceptos ampliamente aceptados desde antiguo sobre el comportamiento ético personal y probar su concor­dancia con el comportamiento maximizador de utilidad para el pre­dominio de los individuos». 26

Analizando esos hábitos de consumo y producción, y su perdura­bilidad, podemos descubrir aspectos al menos de la felicidad objeti­va: el hábito de dormir durante un número determinado de horas -aun cuando resulta ser un aspecto contrastable en el estudio de la felicidad subjetiva-, teniendo en cuenta su perdurabilidad a lo largo de los siglos y en todos los lugares, es un indicativo de la relación entre el dormir unas horas y la consecución de un mejor vivir.

Podemos observar otro ejemplo en el enorme desarrollo de los servicios médicos, signo a su vez de la demanda de salud; es un indicativo de la búsqueda innata de la vida y su intento de ampliarla. La vida aparece como requisito indispensable para la felicidad. Los índices de suicidios y sus causas muestran -en esta perspectiva ­un signo de infelicidad. Sus mismas causas y las causas de esas cau­sas, siempre relacionadas con algún acto o hábito de consumo, se presentan como indicativos de bienes o servicios con idoneidades negativas.

«La ley de la utilidad marginal no se refiere al valor en uso obje­tivo, sino al valor en uso subjetivo. No alude a las propiedades quí­micas o físicas de las cosas en orden a provocar ciertos efectos en general; se interesa tan sólo por su idoneidad para promover el bie­nestar del hombre, según él, en cada momento y ocasión, lo entien­de. No se ocupa de un supuesto valor intrínseco de las cosas, sino del valor que el hombre atribuye a los servicios que de los mismos espera derivar». 27

Pero el hombre puede equivocarse, puede no conocerse correcta­mente, puede no saber que su máxima realización, su mejor estar, su mejor ser, está allí y no aquí. Podemos suponer, aunque sólo sea hipotéticamente, que sí existe un estado de perfección, de máximo bienestar, en cada instante y para cada persona. La idoneidad objetiva y la ley de la utilidad marginal en uso objetivo sí que existirían referida a esa situación de bienestar ideal posible, aunque desconoci­da para esa persona. Podemos pensar en ese caso, teniendo en cuenta la capacidad de rectificación del ser humano, que «existen etapas diversas en nuestra asintótica aproximación hacia aquel estado después del cual ya no hay nueva acción». 28

Cada situación alcanzada en cada instante es a su vez germen y atalaya de nuevas situaciones de mejor-estar, mejor hacer y mejor ser. Y aunque alcancemos en esa tensión asintótica la máxima perfec­ción objetiva en un instante, esta misma situación engendra y nos permite divisar nuevos horizontes de mejora que atraen la acción humana hacia ella y crean, en los medios a utilizar, nuevas y mejores expectativas de idoneidad, nuevas concreciones de valor en las cosas.

La meta subjetiva que nos marca el punto de mira para valorar la idoneidad subjetiva de las cosas (o, para ser más concretos, su utilidad subjetiva) es la que se realiza históricamente por la acción libre del hombre y es la que engendra nuevas metas subjetivas; pero igual que todas las cosas en el universo tienen sus metas a alcanzar, sus utilidades últimas sobre la base de su servicio al hombre, y es éste el que las mide, es de suponer que el hombre tenga a su vez sus metas objetivas, su fin concreto y definido como ser humano y su fin general como conjunto de hombres, como humanidad 29 . Si eso fuese así, esas metas objetivas, esos fines últimos objetivos ejercerían una continua atracción sobre las tendencias y facultades humanas; inten­tarían atraer hacia sí continuamente las metas subjetivas que marcan las utilidades marginales subjetivas. Esa atracción se manifestaría en el descontento y cierto malestar en las metas subjetivas alcanzadas que engendrarían, por la capacidad humana de rectificación y recon­versión, la búsqueda de nuevas metas subjetivas en un nuevo intento de alcanzar las objetivas.

Incluso alcanzada esa meta objetiva, en un instante, no dejaría el hombre de actuar, puesto que también esa situación engendraría nuevas metas subjetivas y objetivas a conquistar. El hombre es un ser pensante y su actividad intelectual y espiritual no cesa.

Sí existe una mano invisible; sí existen, aunque las desconozca­mos, utopías alcanzables en cada tiempo y lugar y por cada ser hu­mano.

«Cuando el nivel de desarrollo era menor, podíamos temporal­mente excluir la sabiduría de la economía, la ciencia y la tecnología, pero ahora que hemos alcanzado un alto nivel de prosperidad, el problema de la verdad espiritual y moral ocupa la posición cen­tral». 30

Un gran número de economistas ha advertido reiteradamente la enorme fecundidad de la naturaleza, con la ayuda del trabajo huma­no, para ponerse al servicio de los objetivos del hombre y reconocen las ventajas y la armonía creadas por el orden natural del mercado. Se entusiasman con los nuevos descubrimientos científicos y con la potencia multivariante de la riqueza material para servir a la humani­dad. Reconocen que esas capacidades, esas idoneidades, esas poten­cias, no son creaciones humanas. Sin embargo, no son capaces de dar el gran paso, el gran salto hacia adelante, que no es otro que el de reconocer y tener en cuenta en sus estudios e investigaciones que tiene que existir, por ello mismo y necesariamente, dada esa realidad de ideales objetivos alcanzables.

Si, como hipótesis, existe en cada momento una pléyade de valo­raciones últimas objetivas que atraen hacia sí las subjetivas, el benefi­cio subjetivo irá aumentando en la medida en que se aproxime a ese ideal. El descubrimiento o mayor aproximación anterior en el tiempo por alguno o algunos agentes sociales de ese ideal objetivo les permi­tirá incrementar sustancialmente sus utilidades últimas.

También como economistas tenemos que introducimos en el san­tuario de las motivaciones de la acción humana, en el santuario de la libertad. Hay que investigar qué existe más allá del consumo, qué leyes lo gobiernan sin destruir nuestra libertad relativa; qué intenta conseguir el hombre con sus múltiples combinaciones de consumos y trabajos, con sus actuaciones económicas. El fin de la actividad económica no se agota en el consumo. La puerta de ese santuario consumista debe ser traspasada si queremos avanzar en nuestro co­nocimiento de la realidad económica. Más allá del consumo, y más allá del empleo, se encuentran los fundamentos de las soluciones de las clásicas paradojas y contradicciones que se han sucedido a lo largo de la historia económica universal.

Los fines son esenciales para todos los seres. Como indica Alejan­dro Llano, la desfinalización del mundo, su cuantificación homogé­nea, privándole de referencias cualitativas, revierte sobre la idea que el hombre tiene de sí mismo. Si se pierde la relación causal funda­mental que consiste en la que guardan los medios con los fines, se empobrece la imagen del mundo y del hombre. Si faltan los fines nos quedamos sólo en una relación de medios a medios en u1.1 inde­finido proceso que nunca alcanza verdaderas metas. Si el hombre, como muchas veces sucede, intenta entenderse a sí mismo como simple medio, se consagra la desorientación. La búsqueda obsesiva del consumo, o de la eficacia -en otro orden de cosas-, es una actitud sin objetivos que acaba revelándose como totalmente contra­producente y, de este modo, totalmente ineficaz. El movimiento sin finalidad no supera la monótona repetición. 31

La sociedad postindustrial se caracteriza por la renovada aten­ción a la discusión sobre los fines perseguidos, por la mayor relevan­cia concedida a los aspectos concernientes a la calidad que priman sobre las cuestiones de carácter meramente mecánico.

La economía es una actividad humana; el hombre es un ser com­puesto de materia y espíritu; su espíritu influye en su materia y su materia en su espíritu; es un ser libre, pero con una libertad relativa, condicionada; entre otras cosas, por el espacio y el tiempo. Como todo ser, posee una finalidad que le indica unas pautas de comporta­miento, unas leyes, unas normas de actuación para que ese fin sea alcanzado yesos objetivos conseguidos.

Esa finalidad marca una valoración sobre el hombre, que se en­cuentra dotado con capacidad para alcanzado. El hombre es idóneo, objetivamente, para alcanzar su fin. Si ese fin es la felicidad, se en­cuentra capacitado objetivamente para ser feliz. Si todos los seres que encontramos en el universo son idóneos para alcanzar sus fines, no es el hombre la excepción a la regla. En algo yerra su actuación si no la alcanza.

Esas leyes, no inexorables sino libres, de la acción humana tienen una influencia vital en los fenómenos económicos. La ciencia econó­mica, si quiere avanzar en sus logros, no puede endiosar el consumo en general; debe buscar en los requisitos de la acción para que esa acción humanice y no deshumanice, debe buscar y dejarse llevar libremente por esa corriente de atracción que genera el fin particular al que todo ser humano se dirige.

«La doctrina idealista puede resumirse entonces diciendo que cada individuo cuenta con dos ordenaciones: una por la que se rige en sus actividades cotidianas y otra que sería relevante en ciertas condiciones ideales y que en cierto sentido es más verdadera que la primera ordenación. Es esta última la que se considera relevante para la elección social». 32

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18   HAYEK, Los fundamentos de la libertad, Unión Editorial, 4ª ed., Madrid 1982.
19   WALRAS, Elementos de economía política pura, Alianza Editorial, Madrid 1987, p.144.
20   DE JOUVENEL, «La eficiencia y la amenidad», en ARROW/SCITOVSKY, La eco­nomía del bienestar, p. 135.
21    SPENGLER, «EI problema del orden en los asuntos económicos», The Southern Economic Journal, XV, julio 1948, en El pensamiento económico.., p. 22.
22  CLARK, J. M., The Ethical Basis of Economic Freedom, The Kaganjian Founda­tion Lectures, 1955. ROBBINS, L., Teoría de la Política Económica, Ed. Rialp, Madrid 1966. WRIGHT, Democracy and Progress, Nueva York 1948. ROTHBARD; M., Tbe Ethics of Liherty, Humanities Press, Atlantic Highlands 1982.
23    RÖPKE, Más allá de la oferta  y la demanda, Unión Editorial, Madrid 1979, p. 26.
24   STIGLER. El economista, Ed. Folio, Barcelona 1987, p. 9.
25   VINER, «Adam Smith y el “laissez faire”», The Journal of Political economy,
XXXV, abril 1927, en El pensamiento.., p. 321.
26   STlGLER, op. cit., p. 62.
27   MISES, La acción humana, Unión Editorial, 4ª. ed., 1986, p. 201
28   MISES, op. cit., p. 201.
29   HARSANYI: «Podemos denominar a la primera de sus preferencias “éticas”, y la última sus preferencias “subjetivas”. Sólo sus preferencias “subjetivas” (que definen su función de utilidad) expresarán sus preferencias en d sentido pleno de este término, tal como realmente son, traduciéndose en una actitud egoísta en el caso de un individuo egoísta, y en una actitud altruista en el caso de un individuo altruista. En cambio, sus preferencias “éticas” (que definen su función de bienestar social) expresarán lo que sólo en un sentido especial pueden considerarse sus “preferencias”: por definición, expresarán lo que prefiere el individuo, en esos momentos probablemente raros en que se impone una actitud imparcial e impersonal especial» (El bienestar cardinal, la ética individualista y las comparaciones interpersonales de utilidad», en Teoría del bienestar, p. 75.).
30   SCHUMACHER, Lo pequeño es hermoso, Hermann Blume, Madrid 1978, p. 29.
31   LLANO, A., El futuro de la libertad, Eds. de la Universidad de Navarra, Pam­plona 1985, p. 127.
32   ARROW, Elección social y valores individuales, Instituto de Estudios Fiscales, Madrid 1974, p. 144.

 FUNDAMENTOS DEL VALOR ECONÓMICO

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