FUNDAMENTOS DEL VALOR ECONÓMICO
Texto original del autor en el idioma castellano (español europeo):
La consideración hedonista del fin de la producción
«La humana capacidad de placer es escasa, inferior a su capacidad activa: la compensación entre ambas no es posible y compromete el futuro, ya que experimentar el placer en futuro es un contrasentido». 4
La afirmación prioritaria y exclusiva de las causas originarias del valor, especialmente del valor trabajo, por parte de los economistas clásicos, relegó al olvido las causas finales del valor.
La mejor aportación de los teóricos de la utilidad, comenzando por Menger, Jevons y Walras, fue restablecer la importancia de la demanda y con ella de las causas finales del valor.
Pero la principal aportación de introducir el fin entre las causas del valor, al considerar la utilidad final como centro de referencia para todo el proceso productivo, quedó viciada en su base por la filosofía hedonista, que influyó notablemente en los teóricos de la utilidad y extendió su influencia a la mayor parte del pensamiento económico posterior. Se restituyó su puesto a las finalidades, pero se identificó el fin de todo el proceso productivo, de todo el proceso valorativo, con el consumo. El consumo apareció como el bien final.
Los bienes de consumo eran los bienes finales que servían de norte al restó de actividades productivas.
En una visión fundamentalmente hedonista de la naturaleza humana, heredada de Bentham, el componente más material; lo que simplemente producía placer, se elevaba a la categoría de fin. En este contexto, el consumo era lo que proporcionaba placer, era lo positivo; el trabajo, que llevaba aparejado el esfuerzo, la fatiga, era lo negativo en el fiel de la balanza. El principio básico de la economía de conseguir el máximo beneficio con la mínima pérdida quedaba implícitamente establecido en conseguir el máximo placer con el mínimo esfuerzo y fatiga. Conseguir el máximo consumo con el mínimo trabajo. Así Jevons afirmaba:
«Únicamente puede lograrse una verdadera teoría de la Economía volviendo atrás a los grandes resortes de la acción humana: los sentimientos de placer y dolor». 5
En vez de considerar la utilidad y el valor económico como relación a los auténticos fines humanos, identificaban utilidad y valor con placer, con satisfacción hedonista. El valor de los bienes hacía referencia a esa capacidad de producir placer, bienestar hedonista en el futuro.
Marshall, por poner otro ejemplo significativo de gran influencia posterior, decía: «La fuerza de los móviles de una persona puede ser medida aproximadamente por la suma de dinero que estará dispuesta a entregar a cambio de la deseada satisfacción, o también por la suma que se requiere para inducida a sufrir cierta fatiga». 6 Pero trató de rectificar más tarde tratando de eliminar en cierta medida su concepción hedonista, según indica Guilleaud:
«Particularmente en su primera edición de los PrincipIes, Marshall utilizó muy libremente las palabras opuestas “placer” y “dolor”… En la tercera edición, sin embargo, Marshall parecía más sensible a las críticas contemporáneas de los términos utilitarios, y revisó las diversas páginas en las que había utilizado las palabras “placer” y “dolor”, borrando “dolor” y sustituyendo en la mayoría de los casos (aunque no en todos) las palabras “placer” por “satisfacción”, “beneficio” o “gratificación”. Así, la utilidad total de un bien para una persona era definida como “el beneficio o satisfacción total producida a dicha persona por un bien”, y la utilidad como el “poder de producir un beneficio”». 7
Al hacer excesivo hincapié en el consumo, el trabajo pasó a segundo plano. Se sobresaltó el valor del consumo y se infravaloró el valor del trabajo. El trabajo se consideró como pérdida y el consumo como ganancia; el consumo se identificó con bienestar y el trabajo se consideró simplemente como malestar, como fatiga, como esfuerzo. El trabajo como instrumento y el consumo como fin.
Al poner el término en el consumo material, al idolatrar el consumo, «soberanía del consumidor», han hecho un flaco servicio al desarrollo posterior de la ciencia económica.
Los marginalistas, las teorías puramente subjetivas de la utilidad, han puesto el punto de mira final excesivamente cercano. La producción mira efectivamente al consumo, pero éste no es el punto final, porque el consumo presente mira a su vez a la producción futura y por tanto al consumo ajeno y al consumo futuro.
Hay que traspasar la puerta del santuario del consumo matizando qué consumos y en qué proporciones son demandables para abrir la puerta de la humanización cada vez mayor de la producción, del aparato productivo. La idolatría de un consumo fundamentalmente material, fundamentalmente hedonista, y la condena del trabajo por considerado únicamente como fatiga, como esfuerzo, como negación, han cerrado las puertas a una demanda de consumo, de bienes finales, más humana, y a una producción, guiada por ese consumo, más humana también.
Reaccionando contra las teorías del valor trabajo que relacionaban el valor de las cosas con el trabajo pasado, incorporado, se decantaron hacia una posición excesivamente consumista forzando las finalidades de la naturaleza humana.
La mentalidad exclusivamente materialista de la naturaleza humana hace que las fuerzas de producción se orienten hacia los bienes de consumo más material y ejerzan su influencia, mediante sofisticadas técnicas publicitarias y de marketing, sobre el sector consumidor, orientando en este sentido la demanda, y reforzando esa mentalidad exclusivamente materialista. La demanda potencial, con posibilidades infinitas de crecimiento, queda aturdida, desconocida y limitada a lo más exclusivamente material. Las ansias y necesidades espirituales, que a su vez necesitan de múltiples y variados medios materiales para su satisfacción, quedan olvidadas y arrinconadas. El componente con un mayor potencial de crecimiento queda arrinconado, y con él la única vía racional de solución de la crisis. El hombre preso de la materia se cierra a sí mismo las puertas abiertas a su realización humana como ser material y espiritual a la vez. La urgencia con que se presentan las necesidades más materiales, junto con su atractivo prioritario, hace que se tienda a sobreabundar en su consumo y se necesite un esfuerzo continuo para introducir el consumo de tiempo para la atención a necesidades y anhelos menos materiales.
Tanto las teorías del valor-trabajo incorporado como las de la utilidad hedonista tenían una perspectiva fundamentalmente material de las necesidades humanas. No incluían con demasiado interés otro tipo de necesidades menos materiales pero auténticamente humanas.
El grado creciente de desarrollo material y de bienestar alcanzado por las sociedades occidentales ha permitido que muchas de estas necesidades no materiales afloren cada vez con mayor insistencia al mundo de la economía.
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