Viana
En la merindad de Estella, a 81 kilómetros de Pamplona, Viana recibe al viajero con el encanto de una ciudad donde la historia sigue viva. Refundada en 1219 por Sancho VII el Fuerte y distinguida en 1630 con el título de ciudad, luce con orgullo el de Muy Noble y Leal Ciudad de Viana, Cabeza de Principado del antiguo Reino de Navarra.
Pasear por sus calles es como viajar en el tiempo: aún se conservan tramos de la muralla del siglo XIII, casonas con escudos en sus fachadas, palacios y templos que hablan de su pasado. Su casco antiguo, declarado conjunto histórico-artístico en 1992, guarda además un secreto bajo tierra: bodegas centenarias que hoy algunos vecinos siguen usando y que en ciertos restaurantes se convierten en comedores con un encanto especial.
Entre sus monumentos más emblemáticos destaca la iglesia de Santa María, un impresionante templo gótico construido entre los siglos XIII y XIV. En su interior se pueden admirar el retablo mayor barroco de Pedro Margotedo y la espectacular capilla de San Juan del Ramo, decorada por Luis Paret en 1787, uno de los mejores ejemplos del rococó pictórico español. En el exterior, bajo la portada oeste, descansa nada menos que César Borgia.
También merecen atención las ruinas de la iglesia de San Pedro, antiguo templo gótico del siglo XIII que, tras su deterioro en el XIX, ha sido consolidado como parque. Entre sus muros aún se conservan frescos góticos y neoclásicos. El convento de San Francisco, del siglo XVII, guarda otra sorpresa: unas pinturas barrocas en trampantojo, únicas en Navarra, que imitan arquitecturas con un realismo sorprendente. Completan el conjunto la ermita de la Virgen de las Cuevas, citada ya en guías de peregrinos del siglo XII, y la ermita de San Martín, de origen románico (1134), restaurada en 2010 y escenario de procesiones y romerías que siguen muy vivas.
El corazón de Viana también late en sus edificios civiles. El Ayuntamiento, del siglo XVII, preside la plaza de los Fueros con su fachada barroca y sus soportales. Muy cerca, el Balcón de Toros, construido en la misma época, muestra su elegante doble galería de arcos y ventanas. Y la Casa de Cultura, que en su día fue hospital de peregrinos, sigue siendo un punto de encuentro, hoy convertido en sala de exposiciones, auditorio y biblioteca.
Viana no solo conserva piedra y memoria, también sus fiestas. Una de las más especiales es la de San Felices, celebrada en el portal de la muralla que lleva su nombre, lugar donde la tradición asegura que se colocó la primera piedra de la ciudad. Sus raíces podrían estar ligadas a ritos celtas, lo que le da un aire único y ancestral.
Viana no es solo un lugar de paso, es una ciudad que acoge al viajero con su historia, sus fiestas y su gente. Aquí, cada paso invita a sentirse parte de ella.







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