
Miranda do Douro
Miranda do Douro, conocida en español como Miranda del Duero, es una ciudad portuguesa situada en el distrito de Braganza, muy próxima a la frontera con España. Su ubicación estratégica, dominando el curso del río Duero, ha marcado de forma decisiva su historia, su carácter defensivo y su papel como lugar de paso y encuentro a lo largo de los siglos.
De origen muy antiguo, el asentamiento estuvo ocupado por romanos y, más tarde, en el siglo VIII, por los árabes, quienes la denominaron Mir Andul, nombre del que derivaría el actual Miranda. Su posición fronteriza le otorgó una gran importancia militar, motivo por el cual el primer rey de Portugal, Don Afonso Henriques, ordenó en el siglo XII la construcción del castillo y del recinto amurallado. De este modo, Miranda do Douro se transformó en una auténtica plaza fuerte y en uno de los principales bastiones defensivos del noreste portugués.
En el siglo XVI la ciudad fue elevada al rango de ciudad y se convirtió en sede del obispado de Trás-os-Montes, iniciando una etapa de prosperidad y crecimiento urbano. De este periodo datan algunos de sus edificios más representativos, entre ellos la Iglesia de Santa María Mayor, que durante casi dos siglos ejerció como catedral, reflejo del peso religioso y político que alcanzó Miranda do Douro hasta el siglo XVIII.
Uno de los monumentos imprescindibles de la ciudad es precisamente la antigua Catedral de Santa María Mayor, conocida como la Sé de Miranda. Construida en el siglo XVI, funcionó como catedral hasta 1780, cuando la diócesis fue trasladada a Braganza. Hoy se la considera concatedral o antigua sé. Su arquitectura exterior, de estilo manierista, es sobria y sólida, acorde con el carácter fronterizo de la ciudad, pero es en su interior donde se encuentra uno de sus mayores tesoros: el retablo mayor del siglo XVII, obra del prestigioso escultor vallisoletano Gregorio Fernández, figura clave del barroco peninsular. Destaca también el bello órgano del siglo XVIII, que completa el valor artístico del templo.
Dentro de la concatedral se conserva una imagen muy singular y profundamente ligada a la identidad local: el Menino Jesus da Cartolinha. Se trata de una pequeña talla del Niño Jesús, de unos cuarenta centímetros, representado con vestimenta civil. En una vitrina se exponen los distintos trajes que se le colocan a lo largo del año, con camisas, zapatos y sombreros, una tradición que despierta la curiosidad de quienes la visitan. Esta figura está rodeada de leyendas populares: una de ellas cuenta que el Niño Jesús se apareció a las tropas portuguesas para darles ánimo cuando la ciudad estaba sitiada por el ejército español; otra relata que una joven ofreció al Niño el uniforme de su prometido, fallecido en combate poco antes de su boda, como homenaje a su memoria.
Junto a la concatedral se conservan restos de la muralla prerrománica, en buen estado de conservación. Desde este punto se obtienen magníficas vistas del río Duero y del embarcadero desde el que parten los cruceros ambientales que recorren el cañón fluvial. Detrás del templo se encuentran también las ruinas del antiguo Palacio Episcopal, cuyos arcos conservados han sido integrados en una tranquila zona ajardinada, ideal para el paseo y el descanso.
El recorrido por el casco histórico permite descubrir otros edificios religiosos de interés, como la iglesia de la Misericordia y la capilla de la Santa Cruz. Antes de abandonar la parte antigua de la ciudad, el caminante puede acercarse a los restos del Castillo de Miranda do Douro, una fortaleza del siglo XIII que fue desmantelada durante la Guerra de los Siete Años, en 1762. Hoy se conserva la alcazaba y su entorno, convertido en un cuidado espacio ajardinado que invita a pasear y a contemplar el paisaje del Duero.
En el siglo XVII, las guerras de Restauración de la Independencia de Portugal frente a España y, posteriormente, las invasiones francesas, provocaron un importante declive en la ciudad, que perdió parte de su protagonismo político y militar. Aun así, Miranda do Douro ha sabido conservar su identidad y su rico legado cultural.
La ciudad es especialmente conocida por su folclore colorido y animado. Los Pauliteiros de Miranda, con sus trajes tradicionales de falda, interpretan la danza del palo al ritmo de la gaita, una tradición cuyo origen se remonta a la ocupación celta de la región en la Edad del Hierro. A ello se suma la pervivencia del mirandés, una lengua reconocida oficialmente en Portugal y hablada en esta comarca, así como su gastronomía, en la que destaca la famosa posta mirandesa, elaborada con carne de excelente calidad procedente del ganado bovino local.
Para el peregrino del Camino de Santiago, Miranda do Douro es un lugar que invita a detenerse. Su historia fronteriza, su patrimonio monumental, la fuerza de sus tradiciones y el paisaje del Duero crean un entorno sereno y auténtico, donde el camino se vive con calma, memoria y profundidad, justo antes de continuar la ruta hacia el interior de Portugal y la meseta castellana.

















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