
Plasencia
Asomada sobre un espigón montañoso y abrazada por un meandro del río Jerte, Plasencia recibe al viajero como la gran ciudad del norte de Extremadura. Con más de 40.000 habitantes, es la segunda urbe en importancia de la provincia de Cáceres y un punto estratégico del oeste peninsular por su cercanía tanto a la capital provincial como a Mérida y a la frontera con Portugal.
Conocida como “La Perla del Valle”, la ciudad fue fundada en 1186 por Alfonso VIII de Castilla bajo el lema Ut placeat Deo et hominibus —“para agrado de Dios y de los hombres”—. Su importancia histórica se refleja en un conjunto monumental de gran riqueza, cuyo casco histórico está declarado Bien de Interés Cultural desde 1958. Entre los monumentos reconocidos individualmente destacan la catedral de Santa María, el palacio Carvajal-Girón y el palacio de Mirabel, mientras que otros edificios relevantes continúan optando a esta distinción.
El corazón religioso de la ciudad lo forman sus dos catedrales, un rasgo poco habitual que sorprende al visitante. La catedral vieja, levantada entre los siglos XIII y XIV en estilo románico y con la participación del maestro Juan Francés, conserva espacios tan notables como su sala capitular. Junto a ella se alza la catedral nueva, iniciada a finales del siglo XV con la intervención de arquitectos de prestigio como Juan de Álava, Diego de Siloé o Rodrigo Gil de Hontañón. Aunque las obras se detuvieron en 1760, el templo impresiona por su coro, obra de Rodrigo Alemán, y por el retablo mayor de Gregorio Fernández.
El patrimonio religioso se completa con numerosas iglesias parroquiales, conventos históricos —como el de los Dominicos, hoy Parador Nacional— y ermitas repartidas por el término municipal. Entre los santuarios más queridos por los placentinos destaca el de la Virgen del Puerto, patrona de la ciudad.
Rodeando el casco antiguo se alza la muralla medieval, levantada desde la fundación de la ciudad y todavía hoy perfectamente reconocible. El recinto se abre a través de puertas históricas como las de Trujillo, Coria, Berrozanas o el Sol. Junto a la muralla sobresale la Torre Lucía, que antiguamente servía como faro nocturno para orientar a los caminantes que se aproximaban a la ciudad.
La presencia de linajes nobles dejó en Plasencia un valioso conjunto de palacios y casas señoriales. Entre ellos destacan el palacio del Marqués de Mirabel, el palacio episcopal, el palacio Almaraz o la casa de las Dos Torres. A este patrimonio civil se suman edificios vinculados a la enseñanza —pues aquí surgieron en 1446 los primeros estudios universitarios de Extremadura— y antiguos hospitales medievales que reflejan la importancia histórica de la ciudad.
El agua también forma parte esencial del paisaje placentino. El acueducto medieval del siglo XVI, conocido por los arcos de San Antón, conserva hoy más de medio centenar de arcos. Sobre el Jerte se tienden puentes históricos como el puente Nuevo —con el escudo de los Reyes Católicos—, el puente de San Lázaro y el puente de Trujillo, por el que discurre la histórica Vía de la Plata.
La vida urbana gira en torno a la plaza Mayor, donde se sitúa el ayuntamiento y el popular autómata del Abuelo Mayorga. Cada martes se celebra aquí el tradicional mercado franco, heredero directo del que, desde la Edad Media, reunía a agricultores, hortelanos y tratantes de ganado de toda la comarca. Otros espacios con encanto son la plaza de la Cruz Dorada o la judería, que recuerda la importante presencia hebrea en la ciudad y cuyo cementerio, en el paraje del Berrocal, es único en Extremadura.
A las afueras, la cueva de Boquique —en la dehesa de Valcorchero— aporta el testimonio más antiguo del poblamiento humano en la zona, con hallazgos que dieron nombre a la característica cerámica de Boquique.
Plasencia se revela así como una de las grandes joyas urbanas de la Ruta de la Plata: una ciudad histórica, viva y monumental que combina patrimonio, tradición y paisaje, invitando al viajero a detenerse y disfrutarla sin prisas.




















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